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Lengua y Literatura - Cuentos y relatos
Escrito por Manuel Fernández Peña   
Miércoles, 18 de Diciembre de 2013 23:16

Son las once de la noche. Lucía ha pasado todo el día fuera, en casa de una amiga, y esta amiga al verla se extrañó muchísimo. Era 13 de julio, su aniversario de bodas, y no había visto a su marido en todo el día…  aunque para ella eso era un triunfo. El no verle, el no sentir su presencia cerca…  era notar como en el corazón desaparecía toda oscuridad, todo dolor, todo miedo. Sin embargo, la libertad durante el día tenía un pago cuando caía la noche. Más de una vez había deseado huir de aquel infierno en vida, a casa de su madre o de su hermana, pero no podía dejar atrás a Mario y Lorena. Ellos dos no tenían culpa de nada; y Marcos ya podía ser su padre pero, como bien decía él, ante todo era un hombre, y si era necesario demostrarlo no tenía prejuicios en hacer lo que sea. No podía irse y dejar a sus hijos atrás con aquel monstruo. “La vida es una mierda”, piensa ella. Desde luego, la suya sí lo era.

Abre  la puerta de su casa con muchísimo miedo. Nada más entrar agudizó vista y oído: no vio ni oyó a nadie. Suspira, aliviada. Ni Marcos ni sus hijos están en casa. Había tenido muchísima suerte. Aun le dolían los golpes que Marcos le había dado la última vez que llegó tarde… Corriendo, llegó a su habitación, donde ocultó los vestidos que se había comprado y la ropa que llevaba puesta. Mientas guardaba ambas cosas miró al espejo: su cuerpo, por entero magullado, con moratones y cicatrices, daba pena. No evitó soltar alguna que otra lágrima. Fue entonces cuando la cerradura de la puerta principal sonó. Como un tiró, se vistió con las ropas que su marido le obligaba llevar en casa.

-¡Cariño!- exclamó Marcos, de cuyas manos iban Mario y Lorena-. ¡Ya estamos aquí!

-¡Hola niños!- dijo cuando vio a sus hijos que, corriendo, se echaron a sus brazos. Evitó mirar a su marido más de la cuenta. Tanto Mario como Lorena la abrazaron, le dieron un beso y, como si estuviesen programados para ello, fueron al baño. En ese instante los ojos de Marcos la atravesaron.

-Mujer, prepara la cena- dijo sin remordimiento alguno. Entonces se dirigió a su cuarto a cambiarse, y cuando pasó al lado de Lucía no disimuló el brutal empujón que le había dado. Desde el suelo, ella miraba la mirada de desprecio del hombre.

 - o - o - o - o -

 

Tras la cena se ocupó de acostar a los niños y fregar los platos, mientras que Marcos se tumbaba en el sofá, con un botellín de cerveza, a ver el partido de futbol del día.

-¡Lucía!- vociferó, de repente, Marcos. Ella se encontraba terminando de colocar la vajilla.

-¿Qué quieres?- preguntó ella con un leve susurro. Apenas se le escuchaba.

-¡Tráeme otra cerveza!- siguió gritando él. Ella la cogió del frigorífico y se la llevó.

-Es la sexta que te tomas…- susurró ella. Él la miró con odio.

-¿Y?- dijo, severo, mientras se levantaba del sofá y le agarraba de los pelos-. ¡A ti te da igual lo que yo haga!

-Deja de gritar, por favor…- dijo ella, que del dolor comenzó a llorar. No deseaba que Mario o Lorena la vieran así.

-¡Yo haré lo que me dé la gana, ¿te enteras?!- gritó él, borracho. Soltó el botellín y, sin pensarlo dos veces, chocó la cabeza de Lucía contra la pared. Ella aulló de dolor. Le había roto la nariz, que empezaba a sangrar.

-¡Basta, por favor!- gritó ella. Marcos hizo como que no la escuchaba. Volvió a chocarla contra la pared, y tras eso la tiró al suelo. Lucía deseaba morirse en aquel instante pero, al abrir los ojos vio, desde el suelo, algo que le partió el alma. Allí, en el fondo del pasillo, ocultos en la oscuridad, sus hijos la miraban, asustados. Con los pocos gestos que su magullado cuerpo le dejaba hacer les indicó que volvieran a su cuarto, pero tal era el horror de ellos al verla sangrando, en el suelo y toda magullada, que el miedo los paralizó. Tan sólo Mario se le acercó un poco, lo suficiente para que pudiera verlo bien.

-¿Mamá?- dijo Mario, con un hilo de voz y lágrimas en los ojos. Lucía, al ver aquello, deseó cerrar los ojos para no abrirlos nunca más…

 

 

 

 

 

Nota del Autor para los lectores:

Todos, o casi todos los días, vemos en las noticias que una, dos o tres mujeres han sido víctimas de una de las peores torturas: la violencia de género. No sé si la historia de Lucía os ha conmovido, horrorizado o cualquier otro sentimiento de pena, pero la verdad es que estos actos narrados, aunque parezcan exagerados, no lo son para nada. Ni Marcos ni Lucía existen, pero os puedo asegurar que, en algún lugar, un hombre como Marcos hará estas cosas a una mujer como Lucía. Positivamente sé que la extensa mayoría de los hombres no tratan así a las mujeres, pero aun existen aquellos que las tratan peor que a un esclavo. Decidme, hombres maltratadores, ¿qué os hace pensar que una mujer vale menos que cualquiera de vosotros? Dime tú, lector, ¿piensas igual que esos hombres?

Por favor os pido, no penséis como ellos. Yo os puedo asegurar que el corazón de una mujer vale lo mismo, o incluso más, que el de un hombre. Muchachos del futuro, no sigáis su ejemplo. No penséis como ellos, no actuéis como ellos, no os convirtáis en ellos. Y vosotras, muchachas del futuro, no dejéis que os traten como juguetes. No lo sois, ni lo fuisteis ni lo seréis.

Querido lector, espero que esta historia haya servido para algo y, aunque pases de lo que te he dicho, no borres de tu mente a Lucía. Créeme cuando te digo que, cuando veas en las noticias que alguna joven ha muerto a manos de su pareja, Lucía volverá a tu cabeza. Volverán Lucía… y su dolor…

 

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